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jueves, 25 de agosto de 2016

Muñeca rota

Por Ana Na

  Haciendo un recorrido en mi memoria recuerdo muchas cosas de la época en que tenía entre tres y cuatro años, tal vez no me pasa lo mismo con unos años más.
  Tuve dos hermanos muy mayores y vivíamos con mis padres en una casa muy linda donde a través de las ventanas se podía apreciar un hermoso parque lleno de flores. Al lado de nuestro departamento vivía una señora muy dulce y cariñosa de origen español, viuda y con un solo hijo un poco mayor que mis hermanos, pero no mucho. Ella tenía un especial cariño por mi hermana, diez años mayor que yo.
  En algún tiempo esta señora llamada Maruja fue de viaje a su país y le trajo a mi hermana una hermosa y novedosa muñeca que jamás había visto antes. De verdad que era muy linda… de porcelana, con cabellos casi naturales, de casi mi altura, abría y cerraba sus ojos además de caminar y mover su cabeza hacia un lado y al otro diciendo "papá", "mamá".
  ¡Una maravilla de muñeca! Por supuesto que mi hermana la adoraba hasta el punto de llevársela a su cama para dormir con ella.
  Los tres hermanos dormíamos en el mismo cuarto y mi hermano era muy travieso y peleaba bastante con mi hermana mayor.
  Cierto día estábamos en el cuarto ya listos para dormir por la noche, entre juegos y risas. En un momento mi hermano me dijo:
-Ana, ¿a ver si sos capaz de tirar la muñeca al piso?
  Lo miré tratando de descubrir si esa pregunta era una buena idea. Miré a uno y a otro como buscando la respuesta. Al ver que se produjo un profundo silencio respondí a la propuesta y finalmente la tiré al suelo, haciendo pedazos la muñeca.
  Mientras, sólo se escuchaba que decía "papá", "mamá".
  Mi hermana no reaccionó creyendo que no se rompería, hasta que se levantó de su cama y vio los pedazos de la carita de su juguete preferido.
  Los gritos y llantos de ella fueron brutales y me sacudió, pero se dio cuenta de que no fue mi culpa sino que la responsable de la tragedia fue la perversa mente de mi hermano. Yo no entendía nada en mi corta edad y salí corriendo en busca de mis padres, mientras ella no paraba de llorar por la pérdida.
  Entre gritos, llantos y reclamos de mis padres, además del castigo a mi hermano, quedé  dormida.
  Sólo recuerdo que mis hermanos estuvieron mucho tiempo sin hablarse y yo no podía calmar mi culpa de haber roto tan bonita muñeca. Aún al día de hoy, cierro mis ojos y la recuerdo, como también aquél momento vivido hace tantos y tantos años, que siento que fue ayer.

martes, 22 de marzo de 2016

No estoy dispuesta a ser madre

Por María Silvina Prieto

  Si necesité en algún momento experimentar el ser madre, ya no lo recuerdo. Quizá quien lea esto me tilde de egoísta, pero no estoy dispuesta a ser madre, prefiero ser tía (aunque tampoco tengo hermanos). Tal vez por ser hija única (mi madre y mi abuela también lo fueron) supe aprovechar mi tiempo y espacio en libertad, compartiendo absolutamente todo conmigo misma.
  Nunca tuve ese sentimiento maternal por amamantar a nadie, mucho menos llevarlo dentro mío como a un alien. Me rebela la idea de los que siguen pensando que una mujer llega a su plenitud teniendo que tener un hijo.
  Mentira. Muchas mujeres logramos la plenitud desde otro lugar, sin tener que sacrificar nueve meses de nuestra vida, desfigurando el cuerpo por la retención de líquido, tener los pechos explotativos y aguantar las cargadas y groserías que nos gritan por la calle. Cortando y cosiendo la vagina como si fuera un matambre en un mostrador de carnicería, aguantando dolores agónicos y otras cuestiones que no viene al caso comentar, por escatológicas y desagradables. 
  Luego de todo eso, me enfermaría tener que pasar por el tierno momento familiar y vecinal de que te pregunten por el peso, la medida, el nombre y que te digan cuán lindo es, cuando todos sabemos que todos los bebés nacen feos, arrugados y llenos de caca por la que tienen que nadar durante esos horribles meses. 
  Prefiero quedarme con la convicción que desarrollé a los diez años, cuando creía que los niños nacían vestidos, lindos, limpios y con los escarpines puestos.
 

Lunes por la mañana

Por Pamela Almirón

  Suena la alarma. Proceso de desperezación: incluye estiramiento de brazos y de piernas unidos a un aullido intimidador de lobos, que en sus últimos segundos finaliza con un intento de risa de Homero Simpson. Ducha despabiladora, agua bien caliente a todo vapor. Cambio de ropa. Agua que hierve veloz. Té listo, pan, galletitas, lo que venga. Chequeo de temperatura en programas que lo que menos hacen es alegrarte la mañana. Rímel y alguna otra cosa para 'revocar'. Salida a la calle. Camino cinco cuadras. Espero el bondi. Tarda o no tarda. Lleno hasta las manos. No tan lleno. Mirada de arriba abajo de algún señor o señora, disimulación: cero. Adentro, a veces perfume para soñar, u olor para rajar. Viaje con o sin lectura. Con o sin música. U conexión ventanil al mundo exterior que pasa como un flash. Llegada al CCC. Temprano voy al 6to piso. Llegada tarde voy al salón. Saludos abraceros con la profe y los compas. Mate para compartir, así como cosas ricas también. Charlas random. Clase-encuentro. Tarea. Ronda final. Vuelta con una mochila que pesa, pero pesa de aprendizaje, emoción, incentivos, motivación nivel infinito. Y sobre todo amor y pasión. Una mochila que te acompaña y es necesaria en el camino.